Los periodistas también somos personas


Por si alguien lo dudada, por si alguno se le olvidó: los periodistas somos personas. Corrientes, normales, con lo bueno y con lo malo, pero al fin y al cabo personas igual que nuestros lectores.

No estoy segura de que todos entendáis este post, pero personalmente – y en la medida que pueda tener valor mi opinión personal, es decir, más bien poca- éste es uno de los puntos que me parecen más urgentes en el periodismo de hoy. Me explico.

No entiendo a los medios en los que parece que quién hace el medio debe ser algún tipo de ente tan discreto que ni el lector se para a pensar quién leches escribe/edita/pega la información que allí fluye. Allí, ni media cara y casi que ni medio nombre. Simplemente la marca (¡oh! ente demiurgo!)

Creo que “dar la cara” es más importante que nunca, en unos medios que necesitan desesperadamente establecer una nueva relación con su audiencia.

De nuevo, los periodistas somos personas, no dioses inalcanzables aislados en su Olimpo ni vacas sagradas que deban ser adoradas. Nada de eso.

Somos gente corriente que vamos al super, pagamos facturas, vemos el futbol -bueno, yo ahí, como que no encajo..-. Y como gente normal que somos deberíamos ser tan accesibles como cualquiera.

Accesibles. Sí, alguno no lo entenderá y puede ser hasta difícil de aceptar por parte de algunos.

Viendo como está el patio de los medios, cuando el Washington Post dicta una guía de comportamiento para sus periodistas en medios y redes sociales, una sólo puede pensar un cosa: tienen miedo (y ya no saben como hacerse el harakiri…).

Y ese miedo sabemos muy bien de donde viene: de la ignorancia. No basta con darse una vuelta -ni dos y ni quizás tres- por una red social y internet para entender el impacto y los cambios profundos que conlleva en la relación con el lector. (Lo peor será que algunos no habrán dado ni la vuelta de reconocimiento…)

Si uno lee la guía del WP, si yo fuera un periodista a sueldo suyo, pensaría que lo mejor para ahorrarme problemas, sería ni intentarlo, a la vista de las restricciones – algunas muy absurdas, como los regalitos virtuales den Facebook…-.

Oigan, señores míos,

los periodistas no podemos seguir estando en lo alto de torres de defensa, aislados de todo y de todos -de los primeros, de nuestros propios lectores.

Como cualquier ciudadano tenemos derecho a interactuar en la red como nos parezca. No se preocupen, si no vamos por la calle en pijama, tampoco lo haremos en Twiter o en Facebook -se llama SENTIDO COMÚN– .

Es más, diría que como periodistas, no sólo tenemos derecho sino hasta el deber de estar ahí y escuchar qué dice la gente para la que se supone que escribimos. Nos deberían importar, ¿no es así?

Leí una columna en Time.com de James Poniewozik , donde el periodista hacía varias reflexiones entorno a las normas del Washington Post.

Recuerda su autor que los periodistas tenemos opiniones sobre los temas que cubrimos y que es absurdo tratar de esconder tal evidencia, “mantener la ilusión de que las noticias son producidas por gente sin opinión”. (Y por entes flotantes, añado yo).

“La objetividad -dice Poniewozik– no significa no tener opinión, sino que aún teniéndola, no nos subordinamos a ellas”.

Pero volviendo al tema del post, los periodistas como personas que interactúan con otras personas, habla de estas reglas como de un intento de “sabotaje” por parte de los medios “a una conexión íntima con los lectores que Twitter y otros servicios hacen posible, y que los periódicos necesitan desesperadamente.”

Es a lo que me refería con periodistas que son “accesibles”. Accesibles porque quieren ser conectados a sus audiencias, no para ser adorados, sino para establecer vínculos y relaciones capaces de construir comunidades de personas alrededor de los medios.

Es por eso que me parece un gran sinsentido lo que se está dando en los medios grandes: el no saber si quieren o no quieren que sus periodistas tengan vida propia en la red.

Poniewozik cree tener una repuesta

“Entiendo por qué: para utilizar con éxito Twitter y otros medios, hay que ceder el control, y eso asusta de instituciones como el Post. Su vieja manera de hacer negocios es asegurarse de que (excepto por unas pocas estrellas como Bob Woodward) su personal siguen siendo los zánganos anónimos que se subordinan a la marca del periódico.

Pero ese día ha terminado, y el Post sólo daña su marca poniendo las esposas a sus redactores en Twitter. Su política equivale a: simplemente no digas nada interesante, y todo irá bien”.

No sé si llego tan lejos en mi argumentación, pero sí que creo que poner cara a quién hace las noticias, poderle contactar, dejarle mensajes, tener feedback al instante de los contenidos, abrir vías permanentes de comunicación con algunos lectores…

Considero que cosas así pueden ser la clave del éxito de un medio. Eso es construir comunidad de relación personal -uno a uno si me apuras- además de posibilitar al periodista conseguir fuentes y descubrir nuevos temas. Todo esto es especialmente posible en la información local o de proximidad.

Los lectores son hoy -y lo serán cada vez más- muy sensibles a esos detalles.

Pero los periodistas necesitarán también un cambio de actitud: dejar de esconderse tras la marca -o un escueto “redacción”- para decir quienes son y a qué dedican sus horas de trabajo (sabemos que a muchos les gusta pasar desapercibidos).

Back to the basics: los lectores están ahí y son personas. Los periodistas estamos ahí trabajando y también somos personas.

Dejemos que se conozcan, se relacionen y que vuelvan a confiar los unos en los otros. Ahí es donde veo la esperanza de un nuevo periodismo, en una nueva relación.

(Si has llegado hasta aquí, enhorabuena, tendré que invitarte a algo…)

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