El verano vagabundo

La semana pasada diario El País publicó un artículo llamado El pensamiento vagabundo. En él, su autor, el escritor Jordi Soler, defendía la necesidad del silencio y de apartarse de todo para dejar espacio -y tiempo- a la creación.

Soler nos hace ver cómo nuestra vida se ha visto acelerada: no hay segundo que perder. Si una aplicación nos ahorra tiempo no será para ganarlo para luego no hacer nada sino que acto seguido buscaremos otra actividad en la que estar muy ocupados. Ni siquiera en el metro o en el ascensor estamos sin hacer nada. Cualquier segundo de nuestra existencia tiene que estar centrado en hacer algo “práctico”, algo verdaderamente útil: contestar un email, un whattaspp o ver twitter.

¿Que no tenemos 2 horas para autosecuestrarnos de nuestra propia vida e introducirnos en otra a través de una película? No importa, en 45 minutos te metes en un capítulo de Mad Men (Aquí la gente de The Wire jugaron con fuego, eran eternos -y muy densos- capítulos de hora y media).

Todo tiene que ser breve, rápido y por fuerza -permítanme decirlo- superficial. En los 140 caracteres se puede pasar mucha información, pero afrontar la complejidad de un discurso es harto complicado. Por eso aún no han muerto los blogs (pero noten que mi frecuencia de publicación no es ni de lejos la de hace años, estoy muy ocupada intentando encontrar algo que publicar en un mar de información entregada a la última hora).

Durante los 9 meses que me dediqué a escribir mi libro experimenté una muy original técnica para conseguir concentrarme y escribir. Con una buena dosis de autodisciplina durante dos o tres horas no había twitter en el mundo, ni conexión de datos en mi móvil, ni llamadas de alerta de ningún tipo que robaran mi atención. Solo así conseguí escribir un libro.

Sí, ya ven que tengo una lucha interna, entre escribir esto ignorando el resto del mundo o entregarme al río de Heráclito que es el lector de fuentes Feedly.

 

Verano vagabundo

Todo esto viene al caso para justificarme del silencio de este blog durante los dos meses de verano. Todos los años desde hace 6 cierro el blog en verano. Mi persona necesita un freno, un vacío, un silencio. El calor ayuda a nuestro pensamiento perezoso, lento y algo contemplativo. Necesito no hacer nada, no leer nada que se actualice cada minuto, ignorar todo ese mundo virtual como si no fuera tan importante y focalizarme en lo más real y concreto: el suelo bajo mis pies, el sol que calienta, el agua que te envuelve en el mar. Pararse y sentir que habitamos este mundo de manera consciente.

Y todos los años de ese periodo de no hacer nada “importante” salen las mejores ideas. Como concluye Jordi Soler en su artículo:

Tanta hiperactividad debería ser contrapesada con periodos de inactividad, de silencio, de concentración en una sola idea; porque de esos periodos de calma, de aburrimiento incluso, salen las grandes obras, detrás de cada poema, de cada sinfonía o novela, de cada lienzo, hay una persona que ha pasado largos periodos sin hacer nada.

 

Ha sido un buen verano vagabundo. Sin embargo, necesitamos más tiempos vagabundos, aunque no puedan ser más que breves periodos durante el año. El timeline es cruel y despiadado, incapaz de distinguir entre la última hora y lo verdaderamente importante. Y ahí nos toca poner algo de nuestra parte. No hay app que pueda pensar por ti.

Aquí vuelvo, las ganas de escribir no han desaparecido.

*La foto es mía, en un momento también vagabundo de este verano

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *